Reflexiones #2

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Reflexiones #2

– Melkor12 –

Un día lluvioso. Una mañana soleada. Una tarde fría. Las condiciones varían, pero mantienen un denominador común, algo que los hace homogéneos, en serie, rutinarios. Esa es la palabra, rutinario. ¿Qué es esto? La respuesta: una ciudad. Una ciudad que pueden ser varias ciudades, que no tiene precisamente un nombre, que cuenta con diversos componentes sociales y geográficos, económicos o climatológicos, pero siempre una gran ciudad, que por sus ritmos te empuja en un sinfín de velocidades cotidianamente repetibles, te acelera, te apura, te toca bocina y te dice que te corras, que viene alguien más rápido que vos, que está más urgido que vos de llegar a algún lugar, por diversos motivos. Esos motivos, pueden ser varios, justificables desde el punto de vista propio e individual: llegar al hospital porque tenés turno con un médico, querés visitar a alguien, te juntás con alguna persona a hablar de negocios o, porque, sencillamente, ya hay un horario pre-establecido que te indica que a determinada hora tenés que llegar a algún lugar.

Sobre este último punto, es en el que quisiera explayarme. Considero que hay una interrelación en particular entre dos elementos, a saber: uno, aquel bien preciado para los ritmos álgidos que te demanda una gran urbe, que es el tiempo[1];  y otro, presente en la actualidad y desde hace cientos de años, que, lo ordena, lo regula y que se organiza en base a él: el trabajo.

En el libro del Génesis, en la Biblia, se hace mención al trabajo por primera vez. Dios crea al hombre para que trabaje, para que modifique su entorno en una actividad que le pudiera proveer de alimentos, saciar su sed. Desde ese momento, el deseo del hombre era básicamente animal, directo, donde quería algo y lo consumía o empleaba cualquier método para adquirirlo. No obstante, en algún momento de la historia, alguien dijo: “esto es mío” y adquirió propiedad sobre un pedazo de tierra, una choza, una cabeza de ganado, un campo: se tomó conciencia de la propiedad y de su usufructo, y así la conciencia humano comenzó a ser similar a la actual. Es aquí donde comienza la desigualdad, marcada por el trazado de la propiedad privada, hasta que el sistema se continuó desarrollando en lo que todos ya conocemos: al abolirse la esclavitud, y el trabajo al ser reglamentado de manera legal, se inventó un parámetro en común para el intercambio (primero el trueque, después el patrón oro y después el dinero), en el que aquellos dueños de riquezas[2], comenzaron a contratar a otras personas, a hacerlas sus súbditos de una manera moderna, y ofrecían una paga para compensarlos.

Ahora bien, claramente no he descubierto la pólvora, ni voy a ser el primero que trata de hablar sobre el tema. De hecho, uno de los pensadores más críticos del sistema capitalista, ha sido Karl Marx. Fue él quien remarcó la desigualdad del mismo, acuñando términos como “plusvalía” y “alienación”, que siguen siendo tan presentes como lo fueron al ser creados hace 150 años. Sólo basta estar en cualquier transporte público un día de semana y ver las caras largas de la gente laburante, sea el trabajo que fuere la alienación es total y la mayoría no cuenta con las herramientas para preguntarse por lo que está sucediendo, que la rutina los está aplastando día a día, quitándoles tiempo de algo que algún día, inevitablemente, terminará. Que la individualidad demostrada es tal que se expresa en un egoísmo total ante situaciones cotidianas en la que no importa el prójimo, sino el bienestar personal e inmediato de llegar a tiempo a donde fuere, de conseguir un objetivo meramente personal.

KTSin dudas el filósofo alemán fue un adelantado a su tiempo, y ya en el siglo XIX pudo observar situaciones que aún hoy se siguen reproduciendo. Y, hoy,  más acentuadamente que en ese entonces, donde las poblaciones han crecido exponencialmente en los últimos 70/80 años y donde el individualismo se ha apoderado del ritmo de vida diario.

Sin embargo, tengo que discrepar en el punto donde Marx señala que “el trabajo dignifica”. Fue él quien pronunció esta frase, pero en otro contexto en el que expone que a través del trabajo sería el obrero quien transformaría la naturaleza para poder luego escindirse del poder de su patrón y finalmente romper sus ataduras para poder ser libre y dejar de ser explotado. La historia del siglo XX ha demostrado que esta utopía de ruptura con el explotador nunca se llevó a cabo, sino que la explotación adquirió nuevas y aggiornadas formas que se disfrazan en diversas condiciones laborales a modo de paliativo para que el empleado se sienta satisfecho. ¿Satisfecho de qué? En sus necesidades (impuestas, por el marketing, los medios de comunicación, por el sistema) de consumo inmediato, de pertenecer a una sociedad regida bajo este parámetro de intercambio cruel y desigual.

Sé que muchas personas, quizás están contentas con su trabajo, que encuentran satisfacción en llevarlo a cabo, que se “hallan” en él. Pero sé también que la inmensa mayoría no, y sobre todo aquellas que se encuentran bajo el mandato de un jefe, de un patrón, de un “manager”, un directivo, etc. ¿Cuál sería el problema con esto último, con el hecho de poder tener un trabajo para comprarse una pilcha, eventualmente cambiar el auto, construirse una casa (los más remunerados, claro está), viajar? El problema creo que no tiene solución, no la tiene partiendo de la base de que toda la vida de una persona está planificada para que pueda insertarse en el sistema: primero el jardín de infantes, después el colegio donde se adquieren los primeros conocimientos generales, para luego adquirir aquellos particulares en una universidad, instituto terciario, curso a distancia, lo que fuere, y que van a permitir que el día de mañana pueda acceder una persona a “mejores condiciones laborales”. El sistema está hecho así, desde que nacemos, hasta que nos morimos. El dinero como el fin, el objetivo, el propósito del trabajo. No el trabajo como un fin en sí mismo, jamás lo fue, jamás dignificó, siempre fue una herramienta para poder conseguir la moneda de cambio del momento y tratar de satisfacer luego con ese papel en mano, aquellas necesidades que consideráramos pertinentes con el resto de tiempo que tenemos.

Pero ahí creo que está la respuesta, en la fracción del día que el hombre no trabaja, que es libre, despojado de las ataduras impuestas[3], que puede hacer lo que quiere, que hace una actividad que lo gratifica, que lo “llena”, que se dedica al ocio y a la contemplación de diversas situaciones. En ese ocio, en esa libertad en el tiempo libre, valga la redundancia, es en donde el ser humano, considero, se halla, se auto-encuentra, disfruta, se revitaliza. No es casualidad que la gente en vacaciones esté contenta de viajar, que el humor general en los centros turísticos sea otro, que en los países nórdicos (que poseen más días vacacionales y feriados que cualquier otro pais del mundo) el índice de felicidad sea más alto (después es otra discusión bajo qué parámetros se realizan estos estudios, que consideran a la felicidad como una variable mensurable y no una utopía irrealizable). Es en esos momentos en que la gente puede disfrutar de su tiempo libre, disponer de él de la manera en que quisiera, ya sea viajando, quedándose en su casa y descansando, disfrutando de sus seres queridos.

Esta relación diametralmente opuesta en que el tiempo y el trabajo se relacionan, en donde el primero está subyugado y regido por el segundo; es en donde creo radica uno de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas. Es aquí donde quizás el ojo común no se detiene, y sigue actuando por inercia, rutina, sin plantearse ningún tipo de alternativa, de crítica, sumidos en la cotidianeidad que los envuelve en la paranoia del ritmo irrefrenable de la gran ciudad, que los empuja a hacer un uso más efectivo de su tiempo, de aprovechar momentos libres para realizar actividades que son de su propia voluntad, que inevitablemente cuenta y calcula el tiempo para poder salir del trabajo, y de esta forma el tiempo tome otras características sustancialmente distintas.

[1] Pienso también que es lo que hace único y fatal al ser humano, en tanto la autoconciencia que posee de él, que deriva en la autoconciencia de la finitud

[2] Vale la recomendación del capítulo XXIV de El capital, de Karl Marx, donde explica brillantemente el saqueo de Europa en las colonias de donde surge el capital original de estos dueños de riquezas. Según Marx, este capital original viene manchado de lodo y sangre.

[3] Luego cabría discutir si el tiempo que nos queda es libre realmente o sigue otras imposiciones, que no son las del trabajo, sino más bien las del ocio orientado al consumismo. Ver también nota en esta misma página: “La rutina como el refugio para los que temen el silencio”.

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