(Parte 3) ESTRATEGIAS DE REPRODUCCIÓN Y MODOS DE DOMINACIÓN – P. BOURDIEU

Pero las diferentes estrategias de reproducción no se definen completamente más que en relación con los mecanismos de reproducción, institucionalizados o no. El sistema de estrategias de reproducción de una unidad doméstica depende de las ventajas diferenciales que ella puede esperar de distintas inversiones, en función de los poderes efectivos sobre los mecanismos institucionalizados (mercado económico, mercado escolar, mercado matrimonial) que le aseguran el volumen y la estructura de su capital.

Una historia comparada de los sistemas de estrategias de reproducción debe tomar en cuenta, por una parte, la composición del patrimonio que trata de transmitirse, es decir, el peso relativo de las diferentes especies de capital, y por otra, el estado de los mecanismos de reproducción (mercado, específicamente el mercado de trabajo, derecho, específicamente el derecho de sucesión o de propiedad, institución escolar y título escolar, etc.). Por ejemplo, el peso determinante que detenta el capital simbólico en el patrimonio de los campesinos kabyles (en razón de la tradición de indivisión de la tierra y del lugar eminente acordado a los valores de honor, por tanto a la reputación del grupo) hace de esta sociedad una especie de laboratorio para el estudio de las estrategias de acumulación, de reproducción y de transmisión del capital simbólico: las estrategias que se desarrollan alrededor de la transmisión de nombres propios de ancestros prestigiosos, como yo las he analizado, o la importancia a primera vista desmesurada que es otorgada a los juegos de honor, se explican sin duda por el hecho de que la acumulación de capital simbólico, forma extremadamente frágil y lábil, representa la forma principal de acumulación.12 Esas estrategias se encuentran entre los campesinos béarneses, preocupados por conservar, aumentar y transmitir el nombre y el renombre de la “casa”, pero se complican por el hecho de que la tierra poseída asigna un límite a las estrategias, y en particular al bluff que autoriza la lógica de los juegos simbólicos.13 Y otras presiones, propiamente jurídicas, pero también políticas, dan su fisonomía particular a las estrategias de familias reales o aristocráticas, bien que la familiaridad con las estrategias de “casas” campesinas permite comprender inmediatamente el principio.(1)

Pero las diferentes estrategias de reproducción no se definen completamente más que en relación con los mecanismos de reproducción, institucionalizados o no. El sistema de estrategias de reproducción de una unidad doméstica depende de las ventajas diferenciales que ella puede esperar de distintas inversiones, en función de los poderes efectivos sobre los mecanismos institucionalizados (mercado económico, mercado escolar, mercado matrimonial) que le aseguran el volumen y la estructura de su capital.

A través de la estructura de oportunidades disimiles de beneficio, que son objetivamente ofrecidas a sus inversores por los diferentes mercados sociales, se imponen sistemas de preferencias (o de intereses) distintos y propensiones del todo distantes a invertir en los diferentes instrumentos de reproducción. Por ejemplo, todo el largo periodo de transición del Estado dinástico al Estado burocrático está marcado, tanto en Francia como en Inglaterra, por una lucha entre aquellos que no querían conocer y reconocer las estrategias de reproducción con base familiar (los hermanos del rey), fundadas sobre los vínculos sanguíneos, y aquellos que invocaban las estrategias de reproducción burocráticas (los ministros del rey), fundadas sobre la transmisión escolar del capital cultural. En nuestras sociedades, donde diferentes instrumentos de reproducción están disponibles, la estructura de la distribución de poderes sobre los instrumentos de reproducción es el factor determinante del rendimiento diferencial que los distintos instrumentos de reproducción están en la medida de ofrecer a las inversiones de diversos agentes, y por tanto, de la reproducibilidad de su patrimonio y de su posición social, y por tanto de la estructura de sus propensiones diferenciales a invertir sobre los distintos mercados. Se haVineta-723x364 podido mostrar, por ejemplo, que el sistema escolar no puede contribuir a la reproducción de la estructura social y, más precisamente, de la estructura de la distribución del capital cultural, condenando a los niños a una eliminación tanto más probable cuando provienen de familias más desprovistas de capital cultural, que en la medida que esos niños (y sus familias) tienen tantas más oportunidades de tener disposiciones que los inclinan a la auto-eliminación (como la indiferencia o la resistencia a las incitaciones escolares) que si ellos están situados en una posición más desfavorecida en la estructura de la distribución del capital cultural.(2)

Igualmente, hoy se ve oponerse, en el seno del campo del poder e incluso en el seno del campo de poder económico, agentes que, en función del capital que poseen, mayormente económico o más cultural, se orientan hacia estrategias de reproducción fundadas sea sobre la inversión en la economía o sea sobre la inversión en la escuela: entre los patrones “familiares”, la transmisión enteramente controlada por la familia de un derecho de propiedad hereditario, y por otro lado, la transmisión, más o menos asegurada por el Estado, de un poder vitalicio, fundado en el título escolar, que, a diferencia del título de propiedad o del título de nobleza, no es transferible hereditariamente. De modo general, la propensión a invertir en el sistema escolar depende del peso relativo del capital cultural en la estructura del patrimonio: a diferencia de los empleados o de los profesores que concentran sus inversiones en el mercado escolar, los patrones familiares, en los que el éxito social no depende al mismo grado del éxito escolar, invierten menos “interés” y trabajo en sus estudios y no obtienen el mismo rendimiento de su capital cultural.

Las transformaciones de la relación entre el patrimonio, considerado en su volumen y su estructura, y el sistema de instrumentos de reproducción, con la transformación correlativa de oportunidades de beneficio, tienden a llevar a cabo una reestructuración del sistema de estrategias de reproducción: quienes detentan el capital no pueden mantener su posición en la estructura social más que pagando el precio de una reconversión de las especies de capital que poseen en otras especies, más rentables y más legítimas en el estado considerado de instrumentos de reproducción: así, por ejemplo, es el principio de la reconversión, en la Alemania del siglo XIX, de una aristocracia latifundista en burocracia de Estado.

En los universos sociales donde los dominantes deben cambiar sin cesar para conservarse, tienden necesariamente a dividirse, sobre todo en los periodos de rápida transformación de los modos de reproducción, según el grado de reconversión de sus estrategias de reproducción: los agentes o los grupos mejor provistos de especies de capital que posibilitan recurrir a nuevos instrumentos de reproducción, los cuales son los más inclinados y los más aptos a emprender una reconversión, se oponen a aquellos que están más ligados a la especie de capital amenazada (por ejemplo, en vísperas de la revolución de 1789, los pequeños aristócratas de provincia sin fortuna ni cultura se oponen a la nobleza y a la burguesía aristocratizada o, en 1968, los profesores de las disciplinas más directamente subordinadas a los concursos de reclutamiento de profesores –gramática, lenguas antiguas o incluso filosofía– se oponían a los profesores de nuevas disciplinas, como las ciencias sociales). Muchas de las grandes oposiciones que están en el centro de los debates ideológicos de una época (por ejemplo, las discusiones actuales sobre la “cultura”) no son más que el enfrentamiento de diferentes formas de sociodicea conservadora: aquellas que buscan antes que nada legitimar el modo de reproducción antiguo, diciendo eso que llevaba sin decirse hasta ahora, y transformando la doxa en ortodoxia, se oponen a quienes buscan racionalizar, en el doble sentido de la palabra, la reconversión apresurando la toma de conciencia de las transformaciones y la elaboración de estrategias adaptadas, legitimando esas estrategias a los ojos de los “integristas”.

De esta manera, la mayor virtud de la construcción de la noción de modo de reproducción como relación entre un sistema de estrategias de reproducción y un sistema de mecanismos de reproducción, es que ella permite construir y comprender de manera unificada fenómenos pertenecientes a universos sociales muy alejados, como la transmisión de los nombres propios en Kabylia y en la Italia del Renacimiento3 o la política de las grandes dinastías reales y la política doméstica de las familias campesinas (y de hacer desaparecer de un solo golpe la ruinosa oposición entre sociología, historia y etnología).

Pero ella no debe hacernos olvidar, por tanto (por esta especie de “etnologismo” que ha afectado a la última Escuela de los Anales), las diferencias profundas entre sociedades donde las disposiciones a la reproducción y las estrategias de reproducción que ellas engendran no encuentran otro apoyo, en la objetividad de las estructuras sociales, más que en las estructuras familiares, instrumento mayor, si no exclusivo, de reproducción, y deben por tanto organizarse alrededor de estrategias educativas y matrimoniales; y las sociedades donde ellas pueden apoyarse a la vez sobre las estructuras del mundo económico y sobre las estructuras de un Estado organizado, donde las más importantes, desde el punto de vista de la reproducción, son las estructuras de la institución escolar.

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Las sociedades precapitalistas o protocapitalistas se distinguen de las sociedades capitalistas porque en aquellas el capital está mucho menos objetivado (y codificado) que en las sociedades capitalistas, y mucho menos inscrito en las instituciones capaces de asegurar su propia perpetuación y de contribuir, por su funcionamiento, a la reproducción de las relaciones de orden que son constitutivas del orden social. De aquí se deriva que, en esas sociedades, el problema de la perpetuación de las relaciones sociales, y especialmente de las relaciones sociales de dominación, se presenta de una manera particularmente dramática: ¿cómo es posible mantener a alguien duraderamente? ¿Cómo se pueden instaurar relaciones de trabajo, de intercambio, etc., y particularmente relaciones asimétricas de dominación que sean capaces de perpetuarse perdurablemente, incluso más allá de los límites de la vida de aquellos que ellas comprometen?

Se puede citar a Marx, quien opone las sociedades en las que las relaciones de producción toman la forma de “relaciones de dependencia personal” y las sociedades donde ellas descansan sobre “la independencia de las personas fundada sobre la dependencia material”.Y de hecho, hace mucho tiempo que estructuras objetivas como el mercado de trabajo (y el “trabajador libre”, en el sentido de Weber) y el conjunto de instituciones estatales, de las cuales la más importante, desde ese punto de vista, es la institución escolar, no existen, los dominantes deben consagrarse a un trabajo de creación continua de las relaciones sociales, reducidas a las relaciones personales.

Eso se ve bien en el caso de las relaciones entre el fellah y su khammès, aparcero en la quinta:el patrón debe mantener continuamente la relación, por toda una serie de intercambios que buscan identificarlo a una relación entre parientes (puede llegar hasta dar una de las hijas a uno de los hijos del khammès). En la ausencia de lo que Sartre llamaba la “violencia inerte”, los mecanismos económicos y sociales, como aquellos del mercado de trabajo y de la violencia legítima de las reglas del derecho, él está obligado a recurrir a esas formas suaves o eufemísticas de la presión que definen la violencia simbólica, con todos los recursos del paternalismo (y que pueden asociarse a la violencia física brutalmente ejercida, como en la venganza).7

De esta manera, las sociedades precapitalistas o protocapitalistas no ofrecen las condiciones de una dominación impersonal y, menos todavía, de una reproducción impersonal de las relaciones de dominación. Estas sociedades no disponen de la violencia escondida de los mecanismos objetivos, donde es suficiente dejar hacer, como el mercado de trabajo o el mercado escolar. De aquí se deriva que la perpetuación de las relaciones sociales descansa casi exclusivamente sobre los habitus, es decir, sobre las disposicionesimagesCAPYHE8S socialmente instituidas por estrategias metódicas de inversión educativa, que inclinan a los agentes a producir el trabajo continuo de mantenimiento de las relaciones sociales (específicamente con el trabajo simbólico de construcción y de reconstrucción genealógica), en consecuencia del capital social, y también del capital simbólico de reconocimiento que buscan los intercambios reglamentados, y en particular, los intercambios matrimoniales. Y si las estrategias matrimoniales ocupan un lugar tan importante en el sistema de estrategias de reproducción, es porque, sin estar necesariamente codificado de manera tan perfecta y rigurosa como lo hacen creer ciertas teorías del parentesco, el vínculo matrimonial aparece como uno de los instrumentos más seguros que se encuentran propuestos, en la mayoría de las sociedades (y todavía en las sociedades contemporáneas), para asegurar la reproducción del capital social y del capital simbólico, salvaguardando el capital económico.

En las sociedades donde los agentes están de más en más duraderamente colocados (especialmente en posición dominada) por el efecto de mecanismos generales, como aquellos que regulan el mundo económico y el mundo cultural (y donde podríamos decir que, grosso modo, capital llama capital), el peso de las estrategias matrimoniales tiende globalmente a disminuir, aun cuando siga siendo todavía importante, mientras la familia posea el control entero de una empresa agrícola, industrial o comercial (en ese caso, las estrategias por las cuales la familia busca asegurar su propia reproducción –estrategias de fecundidad, estrategias educativas, estrategias testamentarias y sobre todo estrategias matrimoniales– tienden a subordinarse a las estrategias propiamente económicas).

“En la medida que un campo económico dotado de sus propias leyes de desarrollo se constituye, y que ahí se instauran los mecanismos que aseguran la reproducción durable de su estructura, y con el cual el Estado contribuye a garantizar la constancia (como aquellos que están ligados a la existencia de la moneda y que fundan la confianza necesaria para hacer posibles las inversiones transgeneracionales), el poder directo y personal sobre las personas tiende a ceder de más en más el lugar al poder sobre los mecanismos que aseguran el capital económico o el capital cultural (el título escolar).”

Notas

  1. P. Bourdieu, “Espris d’État”, Actes de la recherche en sciences sociales, 96-97, marzo, 1993, pp. 49-62.
  2. Lo que conduce a revocar también la distinción ordinaria entre métodos cuantitativos y métodos cualitativos: uno no puede realmente demostrar tales mecanismos más que a condición de conducir, simultáneamente, el análisis que podría decirse cualitativo de las disposiciones –por ejemplo los esquemas de percepción y de apreciación que los agentes individuales aplican en su selección de una disciplina– y el análisis estadístico de las estructuras –por ejemplo, las distribuciones según el sexo y el origen social entre las diferentes disciplinas.
  3. P. Bourdieu, Esquisse.., op. cit., pp.82-83, 133-137. Christiane Klapisch-Zuber, La Maison et le Nom…, op. cit.
  4. ¿Cómo, mientras que no se puede recurrir a la justicia o a la policía, podría uno cobrarle a un deudor? Como lo observa Renou, no hay otro recurso, frecuentemente, que la magia, o más precisamente, la maldición mágica (arma de los débiles, frecuente de las mujeres).
  5. Marx, “Principes d’une critique de l’économie politique”, en Oeuvres, I, Paris, Gallimard, Pléiade, p. 210.
  6. Se trata de la relación donde un terrateniente brinda parte de su tierra para que los campesinos la trabajen a cambio de una renta o parte de la cosecha.
  7. Se puede advertir la simplificación que Norbert Elias hace de la realidad histórica cuando reduce la historia de la evolución de la violencia a un modelo lineal de deterioro continuo: si tanto es que los grandes modelos de evolución tuvieran un interés y un sentido, habríamos al menos de tomar el hecho de que, en muchas de las sociedades arcaicas, la violencia física más brutal (especialmente las relaciones con el out group) coincide con formas eufemísticas y estilizadas de violencia simbólica (con el intercambio de dones, por ejemplo), que esas formas refinadas (de las cuales el paternalismo es un superviviente) han decaído a medida que se instauraba la violencia inerte de los mecanismos del mercado de trabajo y, en fin, que en las sociedades económicamente avanzadas, la violencia inerte encuentra un conectivo en la violencia suave del management ilustrado todas las veces que la relación de fuerzas lo impone.
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