La cultura de la pobreza

El trabajo no es salud

La idea corriente en los EE.UU. (creo que en Argentina también) es que los pobres son como los nobles salvajes de Rousseau, seres —casi animalitos— no contaminados por la civilización, libres de las locuras de la vida moderna que afectan sobre todo a los ricos. El stress, como le dicen. Sin embargo, las preocupaciones del ejecutivo, del CEO, del gerente, no son nada comparadas con las de un obrero común y corriente. Basándose en un estudio clásico sobre el estado de New Haven, Michael Moore comenta que las enfermedades mentales no sólo son más frecuentes en los obreros, sino mucho más graves y agudas. No sólo eso; además no son contabilizadas como enfermedades cuando afectan a los pobres, que no pueden ir al “psicólogo” como los ricos.

“La enfermedad mental del pobre se trata siempre en los tribunales.”

Pero Michael no se contenta con esto, agrega algo más: la enfermedad mental del pobre es la forma de relacionarse con un ambiente enfermo. Un ambiente en el que no existe el futuro. De allí que las diversiones del pobre son inmediatas: gastos que podrían posponerse en nombre del ahorro. ¿Ve? Ahí tiene: el tipo no gana ni para comer, pero bien que gasta en cerveza o en ir a la bailanta, dice mi lector escéptico, siempre con un colmillo sobresaliente. ¿Qué quiere que ahorre? De a centavos por mes, ¿a dónde se supone que va a llegar?

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La familia del pobre normalmente se ha deshecho por la ausencia o la muerte del padre y el trabajo de la madre. Si hay algo de una estructura familiar, se reunirá los fines de semana, si es que los padres trabajan. Si hay algún referente material que una en un espacio a la “familia”, es decir, una casa, será un cuartucho que se cae a pedazos, húmedo y frío. O húmedo y caluroso. O las dos cosas. Virginia Woolf señalaba que una de las causas de la debilidad de la formación intelectual femenina era la falta de un cuarto propio. ¿Qué decir de los pobres, entonces? Para quien no tiene más remedio que caer en su casa cuando no queda otra, es mejor estar en la calle. El pobre está obligado a vagar, no tiene privacidad.  No tiene, no puede tenerla, vida propia.

Golpeado por la vida, el padre pobre suele ser un padre golpeador. Si es que está. Golpeada por la vida (y por el marido) la madre pobre suele ser una madre golpeadora. El niño pobre debe aprender a sobrevivir a los golpes: de la familia, de los grandes en general, de la policía. Viviendo en un mundo donde la necesidad impone la violencia, el niño pobre es un Pobreza_FlickrWayneS.GrazioCC-BY-NC-ND-2.0_161015niño violento. Si tiene suerte será boxeador. Si no la tiene irá preso o vivirá siempre al borde del submundo del delito. Agredido, privado de cosas elementales, el niño pobre, la niña pobre, será bombardeado por estereotipos exitosos: rubios, rubias, ojos celestes, ojos verdes, músculos, cuerpos perfectos sin celulitis, autos enormes, dinero, mucho dinero. Impunidad, sobre todo, esos estereotipos transpiran impunidad. Envidia, eso da mucha envidia. El pobre es envidioso —lo sé por experiencia propia— porque el mundo se transforma en un bazar lleno de ofertas que nunca podrán comprarse. La vida del pobre es la vida del deseo imposible. Se siente físicamente: es como un vacío a la altura de la boca del estómago, como querer vomitar y no poder. El mundo del pobre es un mundo del cual se necesita escapar, o adaptarse. La adaptación es, sin embargo, la humillación: el pobre se transforma en pobre infeliz. Una vida de desilusión. Una vida triste. Una vida al día. Una vida enferma. Una vida que transpira la enfermedad de la sociedad que la produce.

“Una sociedad enferma es una sociedad que enferma”

Que el sistema desilusiona y mata toda esperanza a quien no le tocó en suerte ser feliz desde él, vamos, podría verse confirmado por la edad promedio de los suicidas. Hay que recordar además, que el suicidio es una de las principales causas de muerte de adolescentes y adultos entre los 15 y 24 años de edad. Unos dos millones de yanquis adultos padecen esquizofrenia cada año y una de cada diez personas termina suicidándose. La presión por el éxito individual que genera el sistema capitalista, aunado al hecho evidente de que tal logro es para pocos, puede reflejarse en que en la mayoría de los casos la esquizofrenia aparece por primera vez en los hombres en los últimos años de la adolescencia, o entre los 20 y los 25 años.

Grasa y capital

Comprar cansancio. A eso va la gente al gimnasio. La que va al gimnasio. Dieta excesiva y hambre excesiva. Grasa excesiva, piel y huesos. Parece una paradoja (y lo es): mientras unos no pueden comprar comida otros deben comprar cansancio; mientras algunos pocos viven a dieta voluntaria, millones desearían abandonar la dieta forzosa. Mientras unos, los burgueses (sí, adivinó) viven con exceso de grasa corporal, otros, los obreros, caen volteados a la primera enfermedad que les exija reservas energéticas acumuladas. Mi lector me dirá que el problema de la “gordura” es más complejo que el simple tener o no tener plata. Cierto. También la “delgadez” tiene sus bemoles.

pobreza2La mala alimentación —de eso estamos hablando— es un fenómeno que tiene varios orígenes, pero en particular tiene que ver con la cultura y los ingresos. Con la cultura, por arriba: tener buenos ingresos habilita a comprar mucha “comida” y sobre todo gastos inútiles en términos nutricionales (dulces, chocolates, etcétera). La tentación puede ser saciada. Con la cultura, por abajo: es una creencia popular, nacida de la facilidad con la que mueren los niños delgados, el que un niño gordo es un niño sano. La publicidad incita a los niños a gastar dinero en porquerías, sobre todo en porquerías insalubres. De allí el éxito entre ellos de la comida chatarra. Empresas como McDonald’s ponen particular énfasis en esta realidad. El capitalismo llena los estómagos de los niños con porquerías llenas de grasas, excedidas en sal y de bajo valor nutritivo, para luego exigirles un cuerpo esbelto, lleno de músculos y sin rollos. Es una máquina de frustración. ¿Anorexia? ¿Bulimia? Capitalismo.

Pero hay motivos más pedestres y de mayor peso (valga la expresión) para el fenómeno de la obesidad, sobre todo entre los pobres. Para empezar, la comida es una de las pocas satisfacciones de los La-pobreza-vista-desde-la-rendijapobres. En el conjunto limitado de “lujos” que un pobre puede darse la comida figura en primer lugar. Poder darse el lujo de una buena comida (que quiere decir abundante) es algo que se compara con pocas otras cosas. Pero, además, los pobres comen muy mal. Cuando daba clases, muchas de mis alumnas querían imitar a Araceli y su pancita chata. Difícil, la polenta, las pastas, la pizza y el pan no ayudan. ¿Cómo iba a tener una panza chata una pobre muchachita pobre que vivía con semejante alimentación? Ésta es una de las razones por las que los pobres engordan mucho: la comida “dietética” es cara. Muy cara. El resultado es que los pobres “gordos” no son “sanos” como creía mi madre, sino mal alimentados y, por eso, débiles.

El “combate” de la FAO contra el hambre es algo a lo que vale la pena prestar atención. Digo, por lo instructivo acerca de cuanta tontería inútil se puede ver en el mundo de hoy. Para empezar, la FAO reivindica el “derecho a comer”, algo que ya figura en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Es todo un símbolo de lo que es el capitalismo el hecho de que “comer” no sea considerado eso, un “hecho” sino un “derecho”. Tener que codificar algo tan elemental como eso retrata perfectamente a una sociedad como esta. En una sociedad verdaderamente humana algo así sería considerado absurdo. Una locura.

base_imageComo el capitalismo es una sociedad disparatada y fuera de todo quicio, hay que actuar en consecuencia para parecer normal. Establecido como un derecho, va de suyo que comer no es un hecho, porque entre el dicho y el hecho se sabe que hay mucho trecho. Que alguien deba hacer una campaña para “reducir” el hambre en vez de eliminarla de un tajo revela muchas otras cosas. Revela que en los próximos cien años centenares de millones de seres humanos serán subnormales, que cientos de millones de niños tendrán capacidades intelectuales disminuidas, que esas caritas demacradas, que esas imágenes “pielyhuesos” seguirán multiplicándose por millones.

En la 27a Conferencia de la FAO en 1993, los Estados miembros expresaron su “profunda preocupación” por la situación y declaraban que hacían falta “medidas inmediatas”. La FAO toma la situación en sus manos y propone en noviembre de 1995 una conferencia mundial sobre el tema. En noviembre de 1996 se realizó la Cumbre Mundial sobre la alimentación en Roma, y en diciembre la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó sus resoluciones con “beneplácito” y llamó a la FAO a poner manos a la obra. Tres años para poner enmarcha un plan contra el hambre. “Medidas inmediatas”. “Profunda preocupación”. Se nota. ¿Cuántos millones murieron de hambre en esos tres años? Y no es que nadie apoyó. Todo lo contrario: en la cumbre de 1996 estuvieron presentes 185 países más la Comunidad Europea, 41 jefes de Estado, 15 vicepresidentes, 41 primeros ministros, y otros tantos “líderes” mundiales. Ni hablemos de la representación de siglas en todos los eventos importantes: OIEA, FIDA, PNUD, Pnuma, Fnuap, Oacnur, Unicef, PMA, OMS, OMM, OMC, Unesco, etcétera.

No me pida que le traduzca todo este galimatías. Todo eso para tomar como objetivo reducir a la mitad los hambrientos del mundo hacia 2015. ¿Y el resto? Que espere. El informe 1997 de la FAO señala que “los jefes de Estado o de Gobierno han adoptado en la cumbre una postura común, en el sentido de que el predominio del hambre y la malnutrición en nuestro mundo a la escala actual es intolerable e inaceptable”. ¿Cómo llamar a esto, si no hipocresía? Hasta en su formulación: el hambre es intolerable “a la escala actual”. O sea, en escala menor no estaría tan mal. 

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FOA

Fuente: La cajita infeliz, Eduardo Sardelli. Fragmento, Capitulo VI.

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One comment

  1. alienameesta · February 26, 2016

    Reblogged this on alienameesta and commented:

    Imposible no leer. Gran texto de Sardelli.

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