Porvenir de clase – Parte I

En el apartado Porvenir de clase de su libro Las estrategias de reproducción social, Bourdieu despliega, magistralmente, los mecanismos que ordenan la realidad social de los estratos bajos, medios (ascendentes) y dominantes.

Comparto estos extractos del capítulo en partes para hacer la lectura más amena y poder concentrarse en los detalle que destaca el autor. Comparto, sobre todo, porque es importante que se divulgue y que todos tengamos acceso a textos importantes del ámbito académico. Nos ayuda a romper paredes, prejuicios y a remover el velo que oscurece muchos pensamientos sobre muchos tópicos de actualidad.

Tener poder es poseer en potencia el uso exclusivo o privilegiado de bienes o de servicios formalmente a disposición de cualquiera: el poder da el monopolio de ciertos posibles, formalmente inscriptos en el futuro de todo agente

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Porvenir de clase:

El capital efectivamente poseído en el instante tomado en consideración -o el porvenir objetivo que este asegura- no basta para explicar plenamente las prácticas o, lo que viene a ser lo mismo, las disposiciones que necesariamente engendra, en su condición de balance de lo adquirido anteriormente que incluye en potencia su porvenir y, por ello, la propensión a hacerlo advenir.

Ello resulta especialmente evidente en el caso de la fecundidad que, fuerte en los sectores de bajos ingresos, pasa por un mínimo, que corresponde grosso modo a los ingresos medios, para nuevamente crecer en los ingresos elevados. Si esto es así,
se debe a que el costo relativo del hijo, débil para las familias de menores ingresos que, sin poder vislumbrar para sus hijos otro porvenir que su propio presente, acometen inversiones educativas extremadamente reducidas, débil también para las
familias dotadas de ingresos elevados -ya que los ingresos se incrementan a la par de las inversiones-, pasa por un máximo que corresponde a los ingresos medios, es decir a las clases medias, obligadas por la ambición del ascenso social a inversiones
educativas relativamente desproporcionadas respecto de sus recursos.”

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Así se explica la forma de relación que se observa entre las estrategias de fecundidad de las diferentes clases o fracciones de clase y las posibilidades de ascenso social objetivamente ofrecidas a sus miembros.

Las clases populares, cuyas posibilidades de acceso a la clase dirigente en dos generaciones son casi nulas, tienen tasas de fecundidad muy elevadas, que decrecen levemente cuando aumentan las posibilidades de ascenso intergeneracional.

Los miembros de las fracciones ascendentes se deslizan desde el ascetismo optimista hacia el pesimismo represivo, conforme avanzan en edad y pierde encanto el porvenir que justificaba sus sacrificios.

La existencia del pequeño burgués ascendente es en su totalidad anticipación de un porvenir que no podrá vivir, la enorme mayoría de las veces, sino por procuración, por intermedio de sus hijos, en quienes, como se dice, “deposita sus ambiciones”. Suerte de proyección imaginaria de su trayectoria pasada, el porvenir “que sueña para su hijo” y en que se proyecta desesperadamente, extingue su presente. Porque se consagra a las estrategias en un rango de varias generaciones, que se imponen habida cuenta de que el plazo de acceso al bien codiciado excede los límites de una vida humana, es el hombre del placer y del presente diferidos, que se tendrá más tarde, “cuando haya tiempo”, “cuando haya terminado de pagar”, “cuando haya terminado los estudios”, “cuando los hijos sean más grandes” o “cuando se jubile”. Es decir, la mayoría de las veces, cuando sea demasiado tarde, cuando, tras haber dado a crédito su vida, no haya tiempo para recuperar el dinero y sea necesario, como se dice, “bajar sus pretensiones” o, mejor, “renunciar a ellas”.

No hay reparación para un presente perdido, en especial cuando se hace evidente (con la ruptura de la relación de identificación con los hijos, por ejemplo) la desproporción entre las satisfacciones y los sacrificios que retrospectivamente despoja de sentido a un pasado enteramente definido por su tensión hacia el futuro. A esos parsimoniosos que generosamente lo han dado todo sin medida, a esos avaros de sí mismos que, por un colmo de generosidad egoísta o de egoísmo generoso, se han sacrificado por completo en aras del descargaalter ego que esperaban ser -a corto plazo, en primera persona, elevándose en la jerarquía social; o bien a más largo plazo, por intermedio de un sustituto formado a su imagen, ese hijo por el cual “lo han hecho todo” y quien “todo les debe”- no les resta más que el resentimiento, que siempre los ha poseído en estado de virtualidad, bajo la forma del miedo a ser víctima de un mundo social que tanto les demanda. Para cobrarse revancha, les basta situarse sobre su terreno dilecto, el de la moral, hacer de su necesidad virtud, erigir en moral universal su moral individual, tan perfectamente conforme a la idea común de la moral. Es que no tienen solamente la moral de su interés, como todo el mundo; tienen interés en la moral: para esos denunciadores de los privilegios, la moralidad es el único título que da derecho a todos los privilegios. La indignación moral engendra tomas de posición políticas fundamentalmente ambiguas: el anarquismo humanista y un poco lacrimoso que puede prolongarse más allá de la adolescencia entre algunos viejos bohemios pelilargos vira muy fácilmente con la edad al nihilismo fascistoide que se encierra a machacar y rumiar escándalos y complots.

En efecto, las estrategias de fecundidad de los pequeños burgueses en ascenso, al igual que sus estrategias escolares, sólo revelan su sentido y su función si se las vuelve a situar en el sistema de estrategias de reproducción características de una clase que no puede tener éxito en su empresa de formación de capital económico y cultural, a menos que restrinja su consumo y concentre todos sus recursos en una cantidad pequeña de descendientes, encargados de prolongar la trayectoria ascendente del grupo. Los pequeños burgueses que tras lograr apartarse del proletariado -su pasado- pretenden acceder a la burguesía -su futuro- deben, para realizar la acumulación inicial necesaria para este ascenso, tomar de algún sitio los recursos indispensables para suplir la ausencia de capital, esa energía de la vida social.

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En los intercambios sociales en que otros pueden presentar garantías reales (dinero, cultura o relaciones), ella no puede ofrecer otra cosa que garantías morales; (relativamente) pobre en capital económico, cultural y social, no puede “refrendar sus pretensiones”, como dice el lugar común, y darse así posibilidades de realizarlas, sino a condición de pagar con sacrificios, con privaciones, con renunciamientos, en definitiva, con virtud.

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