(Final) ESTRATEGIAS DE REPRODUCCIÓN Y MODOS DE DOMINACIÓN – P. BOURDIEU

La emergencia del Estado, que organiza la concentración y la redistribución de las diferentes especies de capital –económico, cultural y simbólico–, conlleva una trasformación de las estrategias de reproducción, de las cuales podemos ver un ejemplo, para el capital simbólico, en el paso del honor feudal –fundado sobre el reconocimiento otorgado por los pares y por los plebeyos, obligados sin cesar a conquistarlo y a mantenerlo–, a los honores burocráticamente conferidos por el Estado. Un proceso análogo se observa en el caso del capital cultural. La historia de las sociedades europeas está profundamente marcada por el desarrollo progresivo, al seno del campo del poder, de un modo de reproducción con base en un componente escolar, del cual se observan en principio los efectos en el mismo campo del poder con el paso de la lógica dinástica de “la casa del rey”, fundada sobre un modo de reproducción familiar, a la lógica burocrática de la razón de Estado, fundada sobre un modo de reproducción escolar.

Uno de los factores de esta evolución es el conjunto de contradicciones y de conflictos que nacen con la coexistencia, en el seno del Estado dinástico, de dos categorías de agentes, el rey y su parentela de una parte, y de la otra los funcionarios del rey; es decir, de dos modos de reproducción y de dos poderes, un poder heredado y transmisible hereditariamente por la sangre, y por lo tanto fundado sobre la naturaleza (con el título nobiliario), y un poder adquirido y vitalicio, fundado en el “don” y el mérito, y garantizado por el derecho (con el título escolar). El proceso de desfeudalización que conduce del Estado dinástico al Estado burocrático puede ser descrito como un proceso de desnaturalización, una ruptura progresiva de los vínculos naturales, de las lealtades primarias con base familiar. El estado moderno es en principio antiphysis y la lealtad hacia el Estado supone una ruptura con todas las fidelidades originarias.

El Estado, heredero de un proceso de erradicación de todo vestigio de vínculos naturales –que sobreviven a pesar de todo en el nepotismo y el favoritismo–, favorece y garantiza el funcionamiento del modo de reproducción escolar en el seno del campo del poder de Estado, pero también en el seno del campo de poder económico, del cual podemos aprehender la lógica específica comparándola al modo de reproducción familiar que se perpetua a pesar de todo (en una oposición que no puede explicarse sin evocar aquella que se establecía entre la casa del rey y los funcionarios reales).

En las grandes firmas burocráticas, el diploma deja de ser un simple atributo estatutario (como el diploma de derecho de un empresario privado) para volverse un verdadero derecho de entrada: la escuela (bajo la forma de una “grande école”) y el cuerpo, grupo social que la escuela produce en apariencia ex nihilo (pero de hecho producido a partir de propiedades ligadas a la familia), toman el lugar de la familia y la parentela; con la cooptación de los condiscípulos sobre la base de solidaridades de escuela o de cuerpo, se juega el rol que vuelve al nepotismo y a las solidaridades de clan en las empresas familiares.

Toda estrategia de reproducción implica una forma de numerus clausus, en términos de las funciones de inclusión y exclusión que limitan sea el número de los productos biológicos del cuerpo (aunque sólo la familia puede hacerlo), sea el número de individuos habilitados a formar parte (lo que puede conducir a excluir una parte de los productos biológicos del cuerpo, mujeres, hijos menores, etc.). Lo más importante, es que en el modo de reproducción “familiar”, la responsabilidad de estos ajustes incumbe a la familia. Con el modo de reproducción de componente escolar, al cual los patrones tecnocráticos deben su posición, la familia pierde el control de las opciones testamentarias y el poder de designar ella misma a los herederos.

Lo que caracteriza al modo de reproducción escolar, es la lógica propiamente estadística de su funcionamiento. La responsabilidad de la transmisión no incumbe más a una persona o a un grupo, obligados u orientados por la tradición (derecho del primogénito, etc), como en la transmisión familiar, sino a todo un conjunto de agentes, individuales o colectivos, cuyas acciones, aisladas y estadísticamente agregadas, tienden a asegurar a la clase en su conjunto los privilegios que ella rechaza hacia tal o cual de sus elementos tomado de modo separado: la Escuela no puede contribuir a la reproducción de la clase (en el sentido lógico del término) más que sacrificando ciertos miembros de la clase que se ahorraran un modo de reproducción dejando a la familia el pleno poder sobre la transmisión.

Vineta-723x364La contradicción
específica del modo de reproducción escolar reside en la oposición entre los intereses de la clase que la escuela sirve estadísticamente y los intereses de los miembros que ella sacrifica. Y también en el hecho de que la sobreproducción, con todas las contradicciones que ella implica, se vuelve una constante estructural cuando, con el modo de reproducción con componente escolar, las oportunidades teóricamente iguales son ofrecidas a todos los “herederos” –mujeres tanto como hombres, hijos menores tanto como primogénitos–, para obtener títulos escolares, al mismo tiempo que el acceso de los “no-herederos” a esos títulos se incrementa también (en números absolutos) y que la eliminación brutal, desde la entrada a la enseñanza secundaria, cede su lugar a una eliminación suave. La crisis de 1968 es sin duda, por una parte, el efecto de esta contradicción.

Habríamos de cuidarnos siempre de reducir la oposición entre los dos modos de reproducción a la oposición entre recurrir a la familia y recurrir a la escuela. Se trata sobre todo, de hecho, de la diferencia entre una gestión puramente familiar de los problemas de reproducción y una gestión familiar que utiliza a la Escuela en las estrategias de reproducción. En efecto, además de la acción de reproducción que ejerce la escuela, ésta se apoya en la transmisión doméstica del capital cultural; la familia continúa introduciendo la lógica relativamente autónoma de su propia economía, lo cual le permite acumular el capital que detenta cada uno de sus miembros, al servicio de la acumulación y de la transmisión del patrimonio.

Otro error posible, es el que consistiría en concluir, según un esquema evolucionista simple, que los dos modos de reproducción corresponden a momentos de una evolución inseparable de aquella que conduce, según ciertos autores, de un modo de dominación fundado sobre la propiedad y los owners a otro, más racional y más democrático, fundado en la “competencia” y los managers. De hecho, la definición del modo de reproducción legítimo es una apuesta de luchas, especialmente en el seno del campo de poder económico, y hay que tener cuidado de considerar como el fin de la historia eso que no es más que un estado de fuerzas susceptible de ser transformado. Esas luchas toman frecuentemente la forma de una lucha por el poder del Estado y sobre el poder que está en medida de ejercer sobre el sistema de instrumentos de reproducción, económicos o escolares particularmente.

Habría que analizar largamente los efectos de la transformación del modo de reproducción sobre el funcionamiento de la familia como instancia responsable de la reproducción e, inversamente, los efectos de la transformación en la familia (por ejemplo, con la elevación de las tasas de divorcio) sobre el funcionamiento del modo de reproducción con componente escolar. ¿La crisis de la familia está ligada a las transformaciones de las estrategias de reproducción tendientes a reducir la necesidad de la unidad doméstica? Pero muchos índices llevan a creer que la familia burguesa continúa cultivando su integración social, que es la condición mayor de su contribución a la perpetuación de su capital social y de su capital simbólico y, por ello, de su capital económico. Estamos lejos todavía del agente económico aislado, tal como lo describen los economistas.

Lo anterior conduce a preguntarse quién es, en definitiva, el “sujeto” de las estrategias de reproducción. Es cierto que la familia y las estrategias de reproducción han surgido juntas: sin familia, no habría estrategias de reproducción; sin estrategias de reproducción, no habría familia (o cuerpo y de Stand como casi familia). Hace falta que la familia exista –lo que no se explica por sí mismo– para que las estrategias de reproducción sean posibles; y las estrategias de reproducción son la condición de la perpetuación de la familia, en su creación continua. La familia, en la forma particular que ella reviste en cada sociedad, es una ficción social (frecuentemente convertida en ficción jurídica) que se instituye en la realidad a precio de un trabajo que busca instituir duraderamente en cada uno de los miembros de la unidad instituida (especialmente por el matrimonio como rito de institución) los sentimientos apropiados para asegurar la integración de esta unidad y la creencia en el valor de esta unidad y de su integración. Puede observarse que las estrategias educativas tienen una función fundamental; como todo el trabajo simbólico, teórico (genealógico especialmente) y práctico (intercambio de dones, de servicios, fiestas y ceremonias, etc.), que incumbe particularmente a las mujeres y que transforma la obligación de amar en disposición amante y que tiende a dotar a cada uno de los miembros de la familia de un “espíritu de familia”: ese principio cognitivo de visión y de división es al mismo tiempo un principio práctico de cohesión, generador de adhesiones, de generosidades, de solidaridades y de una adhesión vital a la existencia de un grupo familiar y de sus intereses.

Ese trabajo de integración es tanto más indispensable que la familia; si ella debe, para estar conforme, funcionar como un cuerpo, tiende siempre a funcionar como un campo, con sus propias relaciones de fuerzas físicas, económicas y sobre todo simbólicas (ligadas especialmente al volumen y a la estructura del capital poseído por los diferentes miembros), y sus luchas por la conservación o la transformación de esas relaciones de fuerza. Es solamente al precio de un trabajo constante que las fuerzas de fusión (afectivas especialmente) llegan a oponerse o a compensar las fuerzas de fisión.

La unidad de la familia está hecha por y para la acumulación y la transmisión. El “sujeto” de la mayor parte de las estrategias de reproducción es la familia, actuando como una especie de sujeto colectivo y no como un simple agregado de individuos. Para comprender las estrategias colectivas de las familias (en el caso del matrimonio kabyle, por ejemplo, o en el caso de la compra de una casa en la Francia de hoy), hay que conocer primero la estructura y la historia de la relación de fuerzas entre los diferentes agentes y sus estrategias. Pero hace falta conocer también el volumen y la estructura del capital que las familias tienen para transmitir, y a partir de ello, la posición de cada uno en la estructura de la distribución de las diferentes especies de capital. Es, en efecto, esta posición la que orienta las estrategias (que es el verdadero sujeto) –lo que explica que, siguiendo su propio conatus, cada una de las familias contribuye a la reproducción del espacio de posiciones constitutivas de un orden social, por tanto, a la realización del conatus inscrito en este orden.1

Es posible ver mejor cómo responder a la pregunta, expuesta al principio, de las condiciones de permanencia del orden social. El mundo social no es ese universo radicalmente discontinuo que era para Hobbes, según Durkheim (“Para Hobbes, es un acto de voluntad el que da origen al orden social y su soporte es un acto de voluntad perpetuamente renovado”), y que proponen hoy todos aquellos que, preocupados por restituir su lugar al “sujeto”, conducen a reducir las relaciones sociales, incluyendo las relaciones de dominación, a los actos (de sumisión especialmente) que realizan los agentes en cada momento. Como el universo físico según Leibniz, tiene en sí mismo el principio de su dinamismo y de su lógica. Esta vis insita, que es también una lex insita, está inscrita a la vez en las estructuras objetivas (y los mecanismos que aseguran la reproducción, como aquellos que favorecen la reproducción de la distribución del capital cultural) y en las estructuras del habitus o, más precisamente, en la relación entre los unos y los otros; ella existe en las probabilidades objetivas que están inscritas en las tendencias inmanentes a los diferentes campos sociales (como tendencias a producir frecuencias estables y regularidades, frecuentemente reforzadas por reglas explícitas) y en las esperanzas subjetivas, groseramente ajustadas a esas tendencias, que están inscritas en las inclinaciones del habitus.

Notas

  1. En el caso de sociedades con base en Estado, hace falta conocer también la historia del trabajo de institucionalización del cual la familia tal y como la conocemos es producto. Esta cosa tan privada es de hecho un asunto público, en la medida en que la familia depende de acciones públicas tales como las políticas de vivienda o, más directamente, la política de la familia y el derecho familiar; garantizada por el Estado, ratificada por el Estado, ella recibe del Estado los medios de existir y de subsistir.
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